domingo, 8 de mayo de 2011

Matamoros, Tamps. En el reino del cártel del Golfo todo pasa por sus manos...

Sanjuana Martínez
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 8 de mayo de 2011, p. 12
Matamoros, Tamps. En el reino del cártel del Golfo todo pasa por sus manos: piratería, alcohol, negocios, policías, militares, gobierno municipal, aduanas, prostitución, pornografía, migrantes, venta clandestina de gasolina y, por supuesto, trasiego de droga a Estados Unidos, en una de las plazas más importantes del país.
La maña, como se conoce aquí al cártel fundado por Juan Nepomuceno Guerra y dirigido después por Osiel Cárdenas Guillén, encarcelado en Florida, y controlado ahora por Jorge Eduardo Costilla Sánchez, El Coss, no sólo es un sistema económico que controla la entidad, sino una forma de vida, una expresión del tejido social.
Usar sombrero texano forma parte de su identidad, llevar el cabello muy corto, conducir camionetas último modelo, tener residencias ostentosas, limusinas Hummer, vestirse con ropa de marca y estar rodeado de mujeres guapas es la parafernalia del narco en su máxima expresión, realidad cotidiana para los tamaulipecos.
Los convoys de camionetas del cártel controlan esta ciudad y los ejidos de Canasta, Longoreño, El Refugio, La Bartolina, Huizachal y Playa Bagdad, custodiada por militares. Su última alianza se llama cárteles Unidos, con La Familia Michoacana y el cártel de Sinaloa. Su poder, por encima del Estado, es absoluto y su forma de comunicación son las narcomantas. Hace unos días pidieron por esa vía a Felipe Calderón unir fuerzas para erradicar a Los Zetaspor el bienestar y futuro de las familias de México.
“Son los dueños de todo. Cobran piso a los negocios. Se apoderan de ranchos, empresas, casas, vehículos. Ellos mandan. Tienen comprados a los policías municipales, estatales y federales. Cuentan con cuerpos propios de policías, usan uniformes y patrullas clonadas, ponen retenes donde quieren. Extorsionan, matan y secuestran. Es la forma de vida aquí. Este es su feudo y no hay Estado”, dice un hombre relacionado con la seguridad, quien ha vivido en la ciudad en la última década y prefiere mantener el anonimato.
El cártel del Golfo tiene presencia en más de 15 entidades y en Estados Unidos, según la Procuraduría General de la República (PGR). La FBI considera sumamente peligroso al Cossy ofrece una recompensa de 5 millones de dólares, y la PGR 30 millones de pesos por información que ayude a su captura.
Los Zetas y el cártel del Golfo se odian a muerte. Ambos se han inventado sobrenombres. La guerra entre los de la última letra (Zetas), que controlan, entre otros puntos, la llamada frontera chica (Ciudad Mier, Miguel Alemán y Camargo), y las golfas, que dominan la mayor parte de los 43 municipios de Tamaulipas, ha generado un reguero de sangre de civiles y, particularmente, migrantes mexicanos y centroamericanos.
El secuestro de migrantes se ha convertido en un boyante negocio para ambos cárteles. Luego del descubrimiento de las narcofosas en San Fernando, la Policía Federal liberó en los últimos 15 días a 135 migrantes secuestrados en Reynosa, la mitad centroamericanos, que estaban cautivos en casas de seguridad, en espera de que sus familiares enviaran el dinero del rescate exigido por sus captores.
Vuelta a casa
Esta es una ciudad de paso a Estados Unidos y de retorno. Los migrantes deportados son igualmente blanco de secuestros, extorsiones y asesinatos. Son las ocho de la noche y han empezado a llegar decenas de expulsados por Estados Unidos. Diariamente el Grupo Beta, del Instituto Nacional de Migración, deja por las noches, en la central de autobuses, alrededor de 300 migrantes, la mayoría hombres.
Al mes son deportados entre 6 mil y 9 mil migrantes. Anteriormente muchos de ellos se quedaban a vivir en Matamoros para tener la oportunidad de volver a pasar al otro lado del río Bravo, pero desde la guerra entre Los Zetas y elcártel del Golfo, por la plaza, saben que se han convertido en botín, en carne de cañón. La mayoría decide regresar inmediatamente a su lugar de origen.
Entran descalzos, con los tenis en la mano y una bolsa de plástico que contiene sus escasas pertenencias. Llegan expulsados a un país que también los expulsó por el hambre y la falta de oportunidades. Todos han estado presos unos meses en distintas cárceles de Estados Unidos. Su delito: ser indocumentados.
Entran con la mirada perdida y un sentimiento de desarraigo difícil de ocultar. Este país ya no es el suyo. Tampoco el otro. El desexilio es más difícil que el destierro. Dejaron familia, trabajo y una vida hecha. México es el pasado, un pasado que les duele y resulta entrañable, pero que se niegan a ver como presente. Quieren volver. Se sienten maltratados, agredidos, sometidos a normas inhumanas por el sistema migratorio estadunidense.
http://www.jornada.unam.mx/2011/05/08/index.php?section=politica&article=012n1pol

No hay comentarios:

Publicar un comentario