viernes, 1 de abril de 2011

La alfombra roja. Comunicación y narcoterrorismo en México. Juan Villoro...


De acuerdo con el axioma de Andy Warhol, en el futuro todo mundo será
célebre durante 15 minutos. Esta utopía de la dicha tiene sentido en una
sociedad del espectáculo. La cultura política mexicana prestigia la felicidad del
modo opuesto: lo importante no es lo que se ve, sino lo que se oculta. Un
destino logrado no desemboca en la celebridad; se cumple en secreto. La
utopía mexicana ha consistido en disponer de 15 minutos de impunidad.
Durante 71 años (1929-2000), el PRI gobernó sin perder ni ganar
elecciones democráticas. Se perpetuó a través de una rotación de camarillas
que confundían lo público y lo privado, y renovaban esperanzas similares a las
de los concursos de feria: “si ahora no te fue bien, el próximo gobierno de la
Revolución te hará justicia”.
Ajeno a la transparencia y la rendición de cuentas, el modo mexicano de
gobernar transformó el lenguaje vernáculo con una gramática de sombra. La
política se rebautizó como la “tenebra” y los arreglos importantes se hicieron en
lo “oscurito”. La llegada de la luz resultaba peligrosa; el conspirador debía
actuar al cobijo de la nocturnidad y adelantarse a su adversario para
“madrugarlo”. En su novela La sombra del caudillo (impecable retrato de los
generales revolucionarios que se convirtieron en políticos en los años veinte del
siglo pasado), escribió Martín Luis Guzmán: “El que primero dispara, primero
mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, sólo conjuga un
verbo: madrugar”.
Oficio de tinieblas, el ejercicio del poder dependió durante casi un siglo
del valor político de lo inescrutable.
Terminado el monopolio del PRI, los códigos de la impunidad se
disolvieron sin ser sustituidos por otros. ¡Bienvenidos a la década del caos! A
ocho años de la alternancia democrática, México es un país de sangre y plomo.
El predominio de la violencia ha disuelto formas de relación y protocolos
asentados desde hacía mucho tiempo. Los medios de comunicación ampliaron
su margen de libertad, pero trabajan en un entorno donde decir la verdad es
progresivamente peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, México
ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. En
este nuevo escenario, los sucesos se confunden con simulacros. Un ambiente
de naufragio donde la ausencia de principios se disfraza de pragmatismo o
medida de emergencia. Los trueques son los de una mascarada: el clero apoya
al PAN en Jalisco y recibe a cambio una limosna inmoderada; el sindicato de
trabajadores de la educación (el más grande América latina) ofrece más de un
millón de votos a Felipe Calderón y obtiene puestos en áreas de gobierno tan
decisivas como la seguridad nacional; los monopolios hacen una guerra sucia
en los medios durante la campaña presidencial de 2006, presentando al
candidato de la izquierda como “un peligro para México”, y reciben un trato que
elimina la competencia. Al modo de los Cuatro Fantásticos, los Poderes
Fácticos gobiernan en la sombra. La impunidad no desapareció cuando el PRI
perdió la presidencia; se dispersó en medio del desconcierto. Esto ha traído
una extraña nostalgia del autoritarismo del Partido Oficial, que “al menos sabía
robar”.
En la hermética tradición de la política mexicana, los protagonistas salían
de escena y morían sin hacer revelaciones ni dejar diarios comprometedores.
Nada tenía mayor peso que el secreto ni mayor jerarquía que los gestos. La
misión del periodista consistía en descifrar signos casi esotéricos. Cada
ademán era estudiado al modo de un lance taurino o una pose de teatro
kabuki: si el presidente estaba de buen humor, pedía huevos rancheros en su
desayuno de los lunes; si en esa misma sesión llegaba a los frijoles refritos sin
dirigirle la palabra a su Secretario de Gobernación, el cambio de gabinete era
inminente.
La gastronomía política sigue hoy un curso muy distinto. Estamos ante un
bufet donde todos se arrebatan los platos, gritan al mismo tiempo y se llevan
las sobras en un tupper-ware.
La crisis de gobernabilidad tiene como correlato una crisis de los
mensajes. El ejecutivo es ya incapaz de determinar la agenda de la
información. Si durante siete décadas declarar fue más importante que
gobernar (el bienestar como promesa que no admitía refutación), ahora el
presidente aparece en las noticias durante unos segundos entre dos
asesinatos, un parpadeo oficial en medio de las metralla. En este contexto, el
crimen organizado ofrece la nueva simbología dominante.
El narcotráfico suele golpear dos veces: en el mundo de los hechos y en
las noticias donde rara vez encuentra un discurso oponente. La televisión
acrecienta el horror al difundir en close-up y cámara lenta crímenes con diseño
“de autor”. Es posible distinguir las “firmas” de los cárteles: unos decapitan,
otros cortan la lengua, otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil,
otros los envuelven en mantas. En ciertos casos, los criminales graban sus
ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de
someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty-free del
narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un
informercial del terror.
Los cárteles aplican la legislación de la sangre descrita por Kafka en “La
colonia penitenciaria”. La víctima ignora su sentencia: “Sería absurdo hacérsela
saber puesto que va a aprenderla sobre su cuerpo”. El narco se apoya en el
discurso de la crueldad (cruor: “sangre que corre”) donde las heridas trazan
una condena para la víctima y una amenaza para los testigos. El jus sangui del
narco depende de una inversión kafkiana de los episodios legales; la sentencia
no es el fin sino el comienzo de un proceso; el anuncio de que otros podrán ser
llamados a “juicio”. “Si no haces correr la sangre, la ley no es descifrable”,
escribe Lyotard a propósito de “La colonia penitenciaria”. Tal es el lema
implícito del crimen organizado. Su discurso es perfectamente descifrable. En
cambio, la otra ley, la “nuestra”, se ha difuminado.
La narcocultura amplió su radio de influencia a través de los
narcocorridos, muchas veces pagados por los propios protagonistas. En la
confusión ambiente, los trovadores vinculados al crimen gozan del dudoso
prestigio de lo ilegal que reclama un carisma a contrapelo y se somete a la
“moral del pueblo”. Sus deprimentes acordeones acompañan una saga de la
rapiña que, por más que lleve alumbrado y carreteras a las comunidades que
cultivan la amapola, no resiste la comparación con Robin Hood. Aunque suene
curioso o divertido o folklórico cantar las peripecias de quienes llevan “hierba
mala” al otro lado, los narcocorridos pertenecen a un sector que mueve el 10%
de la economía (lo mismo que el petróleo) y causa decenas de asesinatos al
día. Tomados como documentos del hampa, son reveladores. Lo extraño es
que han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y
aun en las antologías de literatura. En nombre de un incierto multiculturalismo,
hace un par de años un grupo de escritores protestó porque dos narcocorridos
fueron suprimidos de un libro de texto. En su queja pasaron por alto que esas
letras no se estudiaban en una clase sobre problemas de México, sino sobre
literatura, sustituyendo a Amado Nervo o Ramón López Velarde. El narco ha
contado con la anuencia de las estaciones de radio a las que amenaza o
subvenciona (los términos son rigurosamente intercambiables) y con la empatía
antropológica de quienes sobreinterpretan el delito como una forma de la
tradición.

Tecnología del instante: el terror paga en efectivo

De acuerdo con J. G. Ballard, “El ‘hecho’ capital del siglo XX es la
aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la
tecnología implica la noción de una moratoria del pasado –el pasado ya no es
pertinente, y tal vez esté muerto- y las ilimitadas posibilidades accesibles en el
presente”. La técnica permite una gratificación instantánea de los deseos y
altera las costumbres. Las redes de distribución del consumo y los inventos
progresivamente baratos hicieron que el siglo XX desembocara en la
impulsividad recreativa, donde la satisfacción es tan inmediata que resulta
irónico que los Rolling Stones canten “I can get no satisfaction”. En la época de
los placeres programados, la insatisfacción es una queja malévola o el peculiar
anhelo del dandy.
Esta descarada tendencia a la satisfacción exprés se ha aliado en México
con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a
través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el
dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las
esperanzas planeadas, carecen de sentido en ese territorio. Sólo existe el aquí
y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener
cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble,
vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas
de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonía,
un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.
La gratificación de lo ilimitado a la que aspiran los nuevos modos de
comportamiento (de Internet al iPod, pasando por la presencia instantánea del
dinero en las computadoras, el tráfico de personas y las marcas globalizadas),
adquiere en el relato del crimen el amparo de lo oscuro: 15 minutos de
impunidad para cualquiera.
Como han documentado Luis Astorga y Renato González Valdés, el
narcotráfico era hace cincuenta años un tema regional ubicable en el noroeste
de México. Hoy en día involucra los flujos del dinero planetario.
La reacción psicológica ante una amenaza que crece y riega dinero ha
sido darle la espalda, relegarla al espacio sin luz donde sólo existe el presente,
el hoyo negro que aumenta su diámetro a diario y repliega el “horizonte de los
acontecimientos”, la extraña frontera donde existe el tiempo, donde el presente
es consecuencia de lo que pasó y antesala de lo que vendrá.
El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una
sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: “los
sicarios se matan entre sí”. Más que una rutina aceptada o una indiferente
banalización del mal, las noticias del hampa han producido un efecto de
distanciamiento. Siempre se trata de desconocidos, gente lejana o rara, que
sabrá por qué la degüellan.
Cada mañana los periódicos publican un rojo marcador: los 12
decapitados de ayer en Yucatán son relevados por los 24 ejecutados de hoy en
el parque nacional de La Marquesa. Sin embargo, el instinto de supervivencia
ha llevado a aislar mentalmente las zonas de violencia. Mientras los que se
aniquilen sean “ellos”, estaremos a salvo.
El narco ha sido durante demasiado tiempo el “expediente equis”, la
realidad paralela, la dimensión desconocida, el hoyo negro. Julio Scherer
García, decano del periodismo independiente en México, acaba de publicar un
libro revelador: La reina del Pacífico. Durante meses, Scherer visitó a Sandra
Ávila en el penal donde se encuentra desde el 28 de septiembre de 2007.
Presentada ante los medios como si fuese “La Reina del Sur”, el personaje de
Arturo Pérez Reverte, Ávila tiene todo lo necesario para cautivar al ojo público.
Es una mujer hermosa, fuerte, desafiante, capturada por un mandatario débil,
que se fracturó al caer de una bicicleta (un accidente de kindergarten),
disminuido por los uniformes que le gusta lucir (en su cuerpo, todos parecen
talla XL). La Reina llegó como una presa irresistible para un presidente de pie
pequeño. Su exhibición forma parte de una estrategia de propaganda que no
logra mitigar los duros impactos del narcotráfico.
De acuerdo con lo que le dice a Scherer, la participación de Ávila en el
delito ha sido menos directa y en cierta forma más alarmante de lo que
sugieren sus captores. A sus 44 años, no ha conocido otra vida que el
narcotráfico. Habla de ese medio como Sofía Coppola podría hablar del cine.
Ha frecuentado a todos los capos de interés, fue secuestrada por un novio
delincuente, contrajo dos matrimonios con narcos (uno de ellos era un
comandante corrompido), padeció el secuestro de su hijo adolescente, ha visto
morir gente a sus pies, ha tenido a su disposición todas las fiestas, todas las
alhajas, todos los coches, todas las mansiones que sólo se habitan por un par
de semanas, todo exceso adquirible en riguroso efectivo. Aunque estudió un
semestre de periodismo en la Universidad Autónoma de Guadalajara, no sabía
quién era Julio Scherer, el periodista más conocido del país. Durante 44 años
vivió en una región aparte, como los participantes del proyecto Biósfera 2000.
Javier Marías, ha comentado que la serie Los Soprano depende de
mostrar la vida privada de los gángsters y permitir un acceso insólito –un pase
hacia dentro sin riesgo de muerte- a la zona donde los mafiosos son como
nosotros y tienen problemas con la escuela de sus hijos. Desde su propia
perspectiva, el narco depende de eliminar el afuera y asimilar todo a su vida
privada: comprar el fraccionamiento entero, el country club, el estadio de fútbol,
la delegación de policía, la burbuja que puede habitar Sandra Ávila. En este
Second Life de la vida real no hay que fingir ni que ocultarse porque los
espectadores ya han sido comprados.
La Reina del Pacífico no parece la estratega del mal que le urge al
presidente, sino algo más común y terrible: la consorte del ultraje. Ha vivido
una vida plena y completa sin pasar un momento por la legalidad. Lo más
asombroso no es su jerarquía en el delito, sino que haya cumplido con
“normalidad” todos los protocolos de la subcultura en que nació (su única queja
es no haber sido hombre para tener mayor protagonismo). De niña a viuda, ha
tenido una trayectoria que se lee como un camino de superación personal que
hace años era exclusivo de Sinaloa, sede del cártel del Pacífico, y ahora
pertenece al país entero, una lógica donde ningún derroche es desperdiciable.
Si alguien considera que un artificio llamado Rolex Oyster Perpetual Date tiene
suficientes nombres para satisfacer a la Reina, se equivoca. Sandra Ávila tenía
179 joyas de ese tipo. Estos excesos de caja fuerte se complementan con el
dispendio de armamento. Después de un crimen, los sicarios abandonan 15 ó
17 ametralladoras AK-47, muestra de que su arsenal no tiene fondo.

La puesta en escena de lo real

La teatralidad del narco depende de las balas y la tortura, pero también
del desperdicio de armamento y del disfraz, que permite ser miembro transitorio
de cualquier cuerpo policíaco. Los cárteles se han infiltrado de tal modo en el
poder judicial que no sorprende que cuenten con todo tipo de uniformes
reglamentarios. Lo raro es que la policía, cómplice del delito, lleve uniforme.
Ajeno a la noción de frontera, el narcotráfico pasa con fluidez de la vida
privada a las regiones, cada vez más remotas, de la vida civil que aún no ha
comprado. En su inserción en el dominio público, el capo no requiere de más
pasaporte que un apodo; puede asumir un sobrenombre de teodicea (el Señor
de los Cielos), ranchería (Don Neto) o dibujos animados (el Azul). Los más
temibles son los que insinúan una coquetería femenina que los hechos refutan
con fiereza: la Barbie, el Ceja Güera.
Como los superhéroes, los narcos carecen de currículum; sólo tienen
leyenda. Desconocemos a sus pares en los Estados Unidos. En México son
ubicuos e intangibles. Lo mismo da que se encuentren en un presidio de
máxima seguridad o en una mansión con jacuzzi de concha nácar, pues no
dejan de operar.
Curiosamente, la negación de la violencia ha dado paso a un temor muy
informado. Para certificar que los capos son los “otros”, seres casi
extraterrestres, memorizamos sus exóticos alias e inventariamos sus dietas de
corazón de jaguar con pólvora o langostinos espolvoreados con tamarindo y
cocaína.
Sin embargo, el rango de operación del narco creció en tal forma que
cada vez cuesta más concebirlo como una remota extravagancia nacional. Los
Soprano es ya el reality show que ofrecen los vecinos.
El paisaje ha cambiado con las inversiones del dinero ilícito. Cualquier
ciudad mexicana dispone de suficientes locaciones para filmar la muerte de un
capo o de un comandante. Ahí está el restaurante ideal, un château de plástico
y neón donde meseras en minifalda sirven costillas de brontosaurio, junto a una
concesionaria de Mercedes Benz y un hotel que semeja una mezquita con
cúpulas de plexiglas. Ciudades como Torreón o Mérida, que hasta hace poco
tenían fama de tranquilas porque se presumía que los narcos habían fincado
ahí su residencia y no las usaban para “trabajar”, también han sido escenario
de ajusticiamientos.
En la nueva atmósfera del miedo, diez mil empresas ofrecen servicios de
seguridad y cerca de tres mil personas se han injertado un chip bajo la piel del
tamaño de un grano de arroz para ser detectados por radar en caso de
secuestro.
La estrategia defensiva de no mirar o de asumir que los atracos ocurren
lejos, en un parque temático del ajuste de cuentas para el que por suerte no
tenemos entradas, se ha venido abajo. El 15 de septiembre, día de la fiesta de
Independencia, dos granadas fueron lanzadas contra una indefensa multitud en
la plaza principal de Morelia. El atentado coincidió con otro, de orden virtual: los
habitantes de Villahermosa recibieron correos electrónicos que los señalaban
como candidatos al secuestro. El crimen ya no puede ser relegado a las región
tranquilizadora de lo ajeno.
El presidente Calderón pasó por elecciones muy impugnadas que
dividieron al país. Para realzar su fuerza, ordenó que el ejército patrullara el
país. Este anuncio de que la confrontación era posible, provocó que los
cárteles combatieran entre sí y ejecutaran policías. Mientras los cadáveres
aparecían en carreteras y cañadas, no se investigaron redes de financiamiento
ni se detuvo a cómplices del crimen en el gobierno. El último alto funcionario
arrestado por tratos con las mafias fue Mario Villanueva, gobernador de
Quintana Roo, investigado en tiempos de Ernesto Zedillo, último presidente del
PRI. Los dos gobiernos de la alternancia democrática han sido incapaces de
investigarse a sí mismos y detectar los pactos que permiten que prospere el
narcotráfico.
Hemos llegado a una nueva gramática del espanto: enfrentamos una
guerra difusa, deslocalizada, sin nociones de “frente” y “retaguardia”, donde ni
siquiera podemos definir los bandos. Resulta imposible determinar con un
razonable grado de confianza quién pertenece a la policía y quién es un
infiltrado.
El trato con el crimen ha derivado en un decisivo desplazamiento
simbólico. Si durante décadas nos protegimos de la violencia pensándola como
algo ajeno, ahora su influjo es cada vez más próximo.
Desde el arte, la instaladora Rosa María Robles anticipó esta
resignificación del miedo. Su exposición Navajas, exhibida en Culiacán en
2007, incluyó la pieza “Alfombra roja”, que no se refería a la pasarela donde los
ricos y famosos desfilan rumbo a la utopía de Andy Warhol, sino a las mantas
de los “encobijados”, teñidas con sangre de las víctimas, la “colonia
penitenciaria” que en 2008 cobró cerca de cinco mil víctimas. El momento
irrepetible del crimen y las posibilidades ilimitadas del narcotráfico adquieren en
esta pieza otro sentido. La sangre pasa al tiempo lineal, al suelo común donde

la vida es tocada por el crimen.

Robles logró hacerse de ocho mantas en una bodega de la policía. Con
ellas creo su “Alfombra roja”. Llevadas a una galería, se convirtieron en un
dramático ready-made. Duchamp pactaba con James Ellroy: el “objeto hallado”
como prueba del delito. Robles puso en escena la impunidad por partida doble:
mostró un crimen no resuelto y comprobó lo fácil que es penetrar en el sistema
judicial y apropiarse de objetos que deberían estar rigurosamente vigilados.
Navajas dio lugar a una polémica sobre la pertinencia de reciclar objetos
periciales. Sin embargo, el verdadero impacto de la obra fue otro: en la galería,
las mantas brindaban una prueba muy superior a la que brindaron en la
morgue.
Después de algunas discusiones, “Alfombra roja” fue retirada. Entonces
Rosa María Robles tiñó una cobija con su propia sangre. El gesto define con
acucioso dramatismo la hora mexicana. Todos tenemos méritos para pisar esa
alfombra. De manera simultánea, el terror se ha vuelto más difuso y más
próximo. Antes podíamos pensar que la sangre derramada era de “ellos”.
Ahora es nuestra.

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